La sonrisa de un millón de dólares.

REAL Y VERÍDICO.

Un famoso productor de películas de Hollywood estaba ocupado en la selección del protagonista de su próximo film, y se encontraba al borde de la frustración porque ninguno de los actores que se habían presentado hasta entonces parecían satisfacerlo completamente. De repente entró al foro un joven mensajero, entregó su mensaje y se despidió con una sonrisa.

El productor registró toda la escena desde la distancia, en silencio. Llamó a su asistente y le ordenó que alcanzaran al joven mensajero y lo hicieran regresar……

– “Ya tengo al próximo protagonista” – aseguró.

Sus compañeros lo miraron incrédulos. Al casting se habían presentado actores de renombre, algunos ya consagrados, y sin embargo, éste productor se veía entusiasmado por un joven mensajero… al que ni siquiera le habían tomado una prueba de actuación!

– “Estás seguro?!”- le preguntaron, incrédulos.

“Señores, esa sonrisa que acabo de ver vale un millón de dólares! Y no estoy dispuesto a perderla” – les dijo, como dando por finalizada la discusión.

Mientras tanto su asistente había dado alcance al joven mensajero, pero tuvo que esforzarse en convencerlo de que no estaba bromeando cuando le dijo que un productor de películas lo había hecho buscar.

Aquel joven había tomado el puesto de mensajero porque era lo único que pudo conseguir para estar cerca de su íntimo sueño de ser actor de cine.

Un par de años atrás había atravesado todo su país de costa a costa, desde New Jersey en el extremo Este, hasta California en el Oeste persiguiendo su ilusión de dedicarse a la actuación.

Hasta ese día solo había conseguido pequeños papeles secundarios en películas de muy bajo presupuesto y apenas había logrado juntar el dinero necesario para cubrir las lecciones de actuación que estaba tomando.

Ahora, el productor y el mensajero estaban frente a frente. El primero le explicaba al segundo cuál era su convicción y el segundo no podía creer lo que oía. Se estaba reponiendo del shock justo cuando llegaron a la parte donde debían acordar el salario.

– “Te pagaremos U$ 11.000 dólares”- dijo el productor. No estaba mal por un par de semanas de trabajo, pero el joven mensajero estaba recién divorciado y tenía una pequeña hija a quien pasarle su pensión de alimentos, por lo que tomó coraje, abrazó al productor y, para que nadie más notara que estaba rogando un aumento le dijo al oído:

– “Podrían ser U$ 11.500? Por favor, tengo un hija pequeña a quien alimentar”

-“Hijo, entonces serán U$ 12.500!”

– “Gracias! Muchas gracias! Jamás me olvidaré de esto!” – le prometió el mensajero al oído.

Con las vueltas de la vida, se convirtieron en amigos entrañables. Aquel productor arriesgado más tarde cayó en desgracia, mientras que el mensajero dueño de la sonrisa del millón de dólares se convirtió en un gran actor, muy afamado.

Estando en ése punto bajo de su vida, el productor recibió un llamado del ahora consagrado actor invitándolo a que lo acompañe a la próxima entrega de los premios de la Academia , los Oscares, al que había sido nuevamente nominado.

El productor no quería ir. La última vez que había asistido a esa gala, una de sus películas competía en varias categorías, ésta vez sin embargo, casi nadie recordaba su nombre. Casi nadie.

Su amigo, el mensajero que había prometido NO OLVIDARSE JAMÁS, estaba cumpliendo su palabra.

– “Quiero que camines esa alfombra roja a mi lado” – le había dicho por teléfono.

Esa noche después de la ceremonia, en el baile que ofrece la Academia para homenajear a todos los nominados y los ganadores, el actor camino mesa por mesa con su mano apoyada en el hombro del desafortunado productor como para devolverle la confianza en sí mismo, diciendo a quién quisiera escucharlo:

– “Éste es el mejor productor que hay en la industria, él es mi amigo”

El productor recuerda esa noche como uno de los mejores momentos de su vida.Solo uno de los mejores… porque hubo otros. En otra ocasión, el productor sufrió un derrame que lo llevó directo al hospital.

Una noche, mientras aún permanecía en la Unidad de Cuidados Intensivos, ve a su amigo, al afamado actor parado en la puerta con su sonrisa del millón de dólares instalada en su rostro.

-“Vas a estar muy bien. Muy pronto” – le dijo.

Dos enfermeras y un encargado de seguridad llegaron hasta ahí y le ordenaron que abandone el lugar.

-“Ud. puede ser muy famoso afuera, pero aquí dentro hay reglas que TODOS deben respetar, y en éste lugar NO se puede estar!” – le gritaron.
El actor, lejos de intimidarse, miró a su amigo convaleciente y guiñándole un ojo le dijo:
-“Regreso en veinte minutos”
Exactamente en ese tiempo regresó su amigo con veinte pizzas, se sentó con las enfermeras, los que hacían la limpieza y los encargados de seguridad y las compartió con todos ellos.

Aquel consagrado actor, famoso mundialmente, en lugar de estar en un lugar glamoroso, disfrutando de las regalías de su vida privilegiada, estaba allí, una noche, compartiendo una pizza con trabajadores anónimos para poder ganarse el derecho de estar al lado de su amigo… simplemente cumpliendo su palabra. Al rato, naturalmente, lo dejaron ingresar.

-“Vas a estar muy bien. Muy pronto” – repitió – “Aún te queda mucho por hacer” Ese es otro de los momentos más imborrables de la vida de éste productor de Hollywood. El otro momento inolvidable que a éste productor le fascina mencionar es el siguiente:

Cuando la vida lo golpeó fuerte, éste productor tuvo que tomar una de las decisiones más tristes de su vida:

Vender su hermosa mansión, donde había vivido por casi veinte años.

Sin embargo, cuando la rueda de la vida completó el giro, la fortuna comenzó a sonreírle nuevamente y sus producciones comenzaron a figurar entre las más exitosas sintió que una excelente manera de completar el ciclo era recuperar su añorada mansión.

Se comunicó con el nuevo dueño varias veces, pero éste, un acaudalado francés, presidente de una gran compañía, que residía en Montecarlo, se negaba sistemáticamente. Un día, compartió esa frustración con su amigo, el dueño de la sonrisa del millón de dólares. Al tiempo, el millonario francés, el nuevo dueño de la mansión finalmente accedió a venderle la propiedad al productor. Cuando éste reingresó por primera vez a su mansión, se encontró con un dibujo de su amigo actor que decía:

“De vuelta en casa. Hermoso!!”

El ahora nuevamente afamado productor, cuando encontró la ocasión, le preguntó si tenía algo que ver con el cambio de opinión del francés y el actor le confesó que sí, que había volado a Montecarlo, pidió hablar con el multimillonario, y éste accedió a atenderlo solo por quince minutos… mientras se afeitaba!! Allí estaba éste actor, igualmente multimillonario, mundialmente reconocido, en el baño con un desconocido rogándole que le regresara su mansión a la persona que le había dado su primer trabajo importante como actor…

En determinado momento se arrodilló y le pidió por favor que accediera a su pedido.

El francés no terminaba de entender la situación por lo que le preguntó:

“Ud. me está diciendo que voló desde su casa hasta aquí SOLO para pedirme que le venda mi casa a su amigo?”

-“Eso es exactamente lo que estoy haciendo” – contestó el actor.

-“Prometo pensarlo”- dijo.

Ya era un avance.

Durante todo ese verano el multimillonario francés se congració con sus amistades que había tenido de rodillas en su baño a éste consagradísimo actor.

“Él cumplió su palabra. Jamás se olvidó. Él es mucho más que un amigo… él es parte de mi alma” – dice hoy el productor.

El productor es Robert Evans.

El actor, es el que más veces ha sido nominado al Oscar en la historia, con 12…Ganador en 3 ocasiones. Tiene el salario más alto de Hollywood. Posee una de las colecciones privadas de arte más valiosas del mundo (incluyendo varios Renoir, Van Gogh y hasta un Picasso colgado en el baño!).

Su fortuna está valuada en más de mil doscientos millones de dólares… Sin embargo, sus amigos coinciden en que su posesión de más valor… es su palabra. Su nombre:

JACK NICHOLSON

Recibe servicio.

Dice Jenny Moix “Nunca pienses que detrás de la sonrisa de los demás hay una vida más fácil que la tuya”. Las personas son como son por que detrás de ellos hay una historia, ese es el fondo y requiere de entendimiento y sobre todo de empatía, cuando lleguemos a comprender esto, habremos dado un paso muy importante en nuestro crecimiento personal y descubriremos el verdadero respeto hacia los demás…disfruta de este extraordinario video.

A vivir – Gaby Vargas

Imposible no notarlo. Un viernes por la tarde en un restaurante, una familia convive de la siguiente manera en una mesa cercana a la nuestra:

el papá conectado a un Blackberry como si se tratara de una extensión de su mano y fuera un elemento indispensable para comer.

La hija adolescente (de unos 17 años) metida en su mundo con una sonrisa en los labios, enviaba mensajes de texto a dos pulgares desde su celular con asombrosa velocidad; estoy segura de que nunca se percató de la compañía.

El niño (de alrededor de 11 años) hipnotizado con su Game Boy, parecía desaparecer del planeta Tierra y transportarse a alguna competencia en un planeta virtual.

Y la mamá, a ratos veía al infinito, hasta que aburrida, se pegaba otro aparato a la oreja y, como el resto de su familia, procuraba conectarse con alguien “allá afuera”.

“¡Qué gran comunicación entre ellos!”, pensé.

Esta escena es cada día más típica del paisaje urbano. Lo sé porque la he vivido y trato de evitarla. Estar conectados es una adicción tan fuerte que nos hace creer que es un mal necesario. Necesito saber en este instante qué pasa en el resto del mundo: asuntos de trabajo, noticias, redes sociales y demás. Comienza como un inocente pasatiempo, para convertirse paulatinamente en una necesidad y después en una adicción, tal como la nicotina lo es para el fumador.

Sin embargo, esa tarde al ver a la familia, me dieron ganas de sacudir a cada uno de sus integrantes y transmitirles lo que Odín Dupeyrón nos invita a hacer a gritos en cada función de su monólogo teatral ¡A vivir! (por cierto una maravilla de obra).

Tú papá: ¡a vivir!, que esos niños que hoy tienes sentados a la mesa, mañana preferirán estar con sus cuates o respectivos novios. ¿Ya sabes qué les inquieta?, ¿con qué sueñan?, ¿qué quieren ser de grandes? Pronto quizá se vayan a estudiar fuera, o decidan irse a vivir solos o a probar suerte con una pareja. La vida se va, se va, se va y se acaba, señores.

Tú mamá: ¡a vivir!, aprovecha esos momentos de oro para platicar con tu familia y comunicarte de corazón a corazón, platícales sobre el libro que estás leyendo, sobre la película que acabas de ver, sobre lo importante que es tener amigos, o bien, sobre lo que más te gusta y te reta de tu trabajo. Platica con ellos como la persona normal que eres, no como ese agente de tránsito que tus hijos a diario ven en ti: “¿A dónde vas?” “¿Con quién vas?” “¿A qué hora llegas?” “¡Qué horas son estas de llegar!” “¿Ya hiciste la tarea?” ¿Crees que con ese nivel de comunicación buscarán estar contigo?

Ustedes niños: ¡a vivir!, que no siempre tendrán a sus papás disponibles y junto a ustedes. ¡Aprovéchenlos! Pregúnten todo lo que les inquieta de la vida, averigüen cómo se conocieron, qué les enamoró del otro, qué peripecias han pasado para tener la casa en la que viven… Investiguen un poco más acerca de la vida de sus abuelos. Les aseguro que no saben casi nada de ellos y que están llenos de anécdotas interesantes y divertidas. Si esto les parece aburrido, entonces platíquenles cómo funcionan las redes sociales y por qué son tan importantes para ustedes.

¡A vivir!, estar conectados quizá nos da la sensación de estar actualizados, tener conocimiento de los hechos y un sentido de pertenencia; pero si bien es una posibilidad maravillosa, todo tiene un tiempo y un lugar. Tener a las personas que quieres junto a ti, es un lujo. Créanme, lo que hoy consideran que será para siempre, no lo es. Cuando se levanten de la mesa, el momento y la oportunidad de comunicarse entre ustedes se habrá ido, ¿volverá? Nadie lo sabe.

“Estar conectados es una adicción tan fuerte que nos hace creer que es un mal necesario”.

Bendiciones para tí…

Una hermosa historia.

¡Cuidado! ¡Casi tocaste ese auto de costado! Me gritó mi padre. “¿Es que no puedes hacer nada bien?”.

Esas palabras me dolieron más que un golpe. Volví mi cabeza hacia el anciano sentado en el asiento junto a mí, desafiándome a contestarle. Se me hizo un nudo en la garganta, y aparté los ojos. No estaba preparada para otra pelea.

“Yo vi el auto, papá. Por favor, no me grites cuando manejo.”

Mi voz fue medida y firme, que sonaba mucho más calmada de lo que realmente me sentía.

Mi padre me miró furioso, después volvió su cabeza y se mantuvo callado. En casa lo dejé enfrente del televisor y fui afuera para componer mis pensamientos. Había oscuras y pesadas nubes en el cielo, prometiendo una lluvia. Un trueno distante retumbó como si fuera el eco de mi agitación interna. ¿Qué puedo hacer con él?.

Mi padre había sido leñador en el estado de Washington y en Oregon. Había disfrutado de vivir al aire libre y le gustaba medir su fuerza contra el poder de la naturaleza. Había entrado en agotadoras competiciones de leñadores, y a menudo ganaba. Los estantes de su casa estaban llenos de trofeos que probaban su habilidad.

Pero los años pasaron implacables. La primera vez que no pudo levantar un pesado tronco, hizo una broma sobre eso; pero luego el mismo día lo vi afuera solo, tratando de levantarlo. Se volvió irritable cada vez que alguien le hacía bromas sobre estar envejeciendo, o cuando no podía hacer algo que hacía cuando era joven.

Cuatro días antes de cumplir sesenta y siete años, tuvo un ataque al corazón. Una ambulancia lo llevó al hospital mientras el paramédico le hacía resucitación para mantener la sangre y el oxígeno circulando.

En el hospital, lo llevaron corriendo al cuarto de operaciones. Tuvo suerte, sobrevivió. Pero algo en el interior de papá, murió. El gusto por la vida desapareció. Obstinadamente se negaba a seguir las órdenes del doctor. Las sugerencias y los ofrecimientos de ayuda eran rechazados con sarcasmo e insultos. El número de visitantes disminuyó, y finalmente cesaron. Papá quedó solo.

Mi esposo Dick y yo le pedimos que viniera a vivir con nosotros a nuestra pequeña granja. Esperábamos que el aire libre y la atmósfera de granja le ayudaran a ajustar su vida.

Una semana después de venir, ya me habia arrepentido de la invitación. Nada le parecía satisfactorio. Criticaba todo lo que yo hacía. Me sentí frustrada y deprimida. Pronto me di cuenta que estaba desahogando mi rabia con Dick. Empezamos a discutir y pelear.

Alarmado, Dick buscó al pastor y le explicó la situación. El pastor nos dió citas de consejería para nosotros. Al final de cada sesión, él oraba, pidiendo a Dios que calmara la turbada mente de papá.

Pero los meses pasaban y Dios guardaba silencio. Había que hacer algo y era yo la que lo tenía que hacer.

Al día siguiente me senté con la guía telefónica y llamé a cada una de las clínicas mentales que había en el libro. Expliqué mi problema a cada una de las voces llenas de simpatía que me contestaron. Justo cuando estaba perdiendo la esperanza, una de esas amables voces de repente exclamó, “¡Recién leí algo que podría ayudarla! Déjeme ir a buscar el artículo…”

Escuché mientras ella leía. El artículo describía el sorprendente estudio hecho en una clínica geriátrica. Todos los ancianos pacientes estaban con tratamiento por depresión crónica. En todos ellos sus actitudes mejoraron en forma excepcional cuando se les dio la responsabilidad de cuidar un perro.

Fui a la municipalidad a ver los perros ofrecidos en adopción. Después que llené un formulario, un oficial uniformado me llevó a los corrales de los perros. El olor a los desinfectantes inundó mi nariz cuando entré a las filas de jaulas. Cada una contenía de cinco a siete perros. Los había de pelo largo, enrulado, unos negros y otros con manchas que saltaban, tratando de alcanzarme. Los fui estudiando uno por uno pero los rechacé a todos por distintas razones, demasiado grande, o demasiado chico, o demasiado pelo, etc. Cuando llegué al último corral, un perro desde la esquina más alejada se paró con dificultad, caminó hacia el frente de la jaula y se sentó. Era un pointer, una de las razas aristócratas del mundo de los perros. Pero éste era una caricatura de la raza.

Los años habían puesto en su cara y hocico un poco de gris. Los huesos de sus caderas sobresalían en triángulos desiguales. Pero fueron sus ojos que atraparon mi atención. Calmados y límpidos, me observaban fijamente.

Apuntando al perro, pregunté, ¿Qué me dice de éste? El oficial miró, y sacudió su cabeza, intrigado. “El es un poco raro. Apareció no se sabe de dónde, y se sentó en el portón del frente. Lo albergamos, pensando que quizá alguien viniera a reclamarlo. Eso fue hace dos semanas y nadie ha venido. Su tiempo termina mañana”. Hizo un gesto, como que no se puede hacer nada.

Mientras las palabras entraban a mi mente, me volví al hombre con horror… “¿Quiere decir que lo van a matar?”

“Señora”, dijo dulcemente, “Es el reglamento. No hay lugar para todos los perros que nadie reclama.”

Miré al pointer otra vez. Sus calmados ojos marrones esperaban mi decisión. “Lo tomaré”, dije. Y manejé hasta casa con el perro sentado en el asiento delantero a mi lado. Cuando llegué a casa, toqué la bocina dos veces. Lo estaba ayudando a bajar del auto cuando papá apareció en el porche del frente… “¡Mira lo que te traje, papá!” dije entusiasmada.

Papá miró, y puso una cara de disgusto. “Si yo quisiera un perro lo hubiera buscado. Y hubiera elegido uno mejor que esta bolsa de huesos. Quédate con él, yo no lo quiero.” Agitó su brazo despectivamente y empezó a caminar hacia la casa.

El enojo creció dentro de mí. Me apretaba los músculos de la garganta y sentía latidos en las sienes. “¡Es mejor que te acostumbres a él, papá, porque se queda con nosotros!”
Papá me ignoró… “¿Me escuchaste, papá?” Grité. A estas palabras papá se volvió enojado, con sus manos apretadas a sus costados, con sus ojos entornados con odio.

Estábamos parados mirándonos fijamente como duelistas, cuando de repente, el pointer se soltó de mi mano. Fue cojeando despacio hasta mi padre y se sentó frente a él. Entonces muy despacio, cuidadosamente, levantó la pata delantera.

La quijada de mi padre tembló mientras se quedó mirando la pata levantada. La confusión reemplazó la ira de sus ojos. El pointer esperaba pacientemente. De pronto, papá estaba arrodillado, abrazando el animal.

Fue el principio de una cálida e íntima amistad. Papá lo llamó Cheyenne. Juntos, él y Cheyenne exploraron el vecindario. Pasaron largas horas caminando por polvorientos caminos. Iban a las orillas de los rápidos ríos, a pescar sabrosas truchas, pasando largos momentos de reflexión. Incluso comenzaron a ir juntos a la iglesia los domingos, mi padre sentado en un banco y Cheyenne echado silencioso a sus pies.

Papá y Cheyenne fueron inseparables a través de los tres años siguientes. La amargura de mi padre se desvaneció, y él y Cheyenne hicieron muchos amigos.

Entonces, una noche, muy tarde, me extrañó sentir la fría nariz de Cheyenne revolviendo nuestras frazadas. Nunca antes había entrado a nuestro dormitorio en la noche. Desperté a Dick, me puse el salto de cama y corrí al cuarto de mi padre. Papá estaba en su cama, con una faz serena. Pero su espíritu se había ido silenciosamente en algún momento durante la noche.

Dos días más tarde, mi dolor se hizo todavía más profundo cuando descubrí a Cheyenne tendido muerto junto a la cama de papá. Envolví su cuerpo en la alfombra sobre la cual siempre había dormido. Mientras Dick y yo lo enterrábamos cerca de su lugar favorito de pesca, le agradecí silenciosamente por la ayuda que me había dado para devolver a mi padre la paz y tranquilidad.

La mañana de funeral de papá amaneció nublada y sombría. Este día se ve de la misma manera que yo me siento, pensé, mientras caminaba hacia la línea de bancos de la iglesia reservados por familia. Estaba sorprendida de ver la cantidad de amigos que papá y Cheyenne habían hecho, que llenaban la iglesia. El pastor comenzó su elogio del difunto. Fue un tributo para papá y para el perro que había cambiado su vida.

Entonces el pastor citó Hebreos 13:2. “No dejes de dar hospitalidad a forasteros, porque haciéndolo, algunos han recibido ángeles sin saberlo.” “Muchas veces he agradecido a Dios por haberme enviado un ángel,” dijo.

Entonces me di cuenta, y el pasado cayó todo en su lugar, completando un rompecabezas que no había visto antes: aquella amable y simpática voz que me leyó aquel artículo sobre el estudio en la clínica geriátrica. La inesperada aparición de Cheyenne en el lugar de los perros para adopción. Su calmada aceptación y completa devoción a mi padre y la proximidad de sus muertes.

Y de repente, comprendí. Me di cuenta que, ciertamente, Dios había contestado mis plegarias en busca de su ayuda.

La vida es muy corta para hacerse dramas por cosas sin importancia, así que:

RÍE CON FUERZA, AMA CON SINCERIDAD Y PERDONA RÁPIDAMENTE. VIVE MIENTRAS ESTÉS VIVO. PERDONA AHORA A AQUELLOS QUE TE HACEN LLORAR. QUIEN SABE SI TENDRÁS UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD.

Comparte este artículo con alguien. Puede que sea de ayuda a alguien que sufre. El tiempo perdido nunca se puede recuperar.

Dios contesta nuestras plegarias a Su manera… no a la nuestra.

La educación prohibida – película completa.

Una película que muestra lo que no vemos en televisión, ni oímos en la radio, ni leemos en los diarios, pero que está pasando y es mucho más real que lo en ellos encontramos día a día…

Un cambio que nos lleve a una nueva realidad, porque de la manera en que vivimos ahora estamos condenados al fracaso, ya que di seguimos así, vamos camino a la autodestrucción…

Algunas frases que escuchamos en diversos momentos del documental:

Voz en off: “Si el amor es vital para el aprendizaje, porque generalmente intentamos educar con amenazas, castigos, tensiones, olvidando el amor?…”

Cristóbal Gutiérrez [España]: “Nos falta capacidad de amar. Entonces, amamos del un modo estrecho. Yo te amo si coincides conmigo, sino no te amo. Este es nuestro modo normal de amor”…

Sergio torres [españa]: “todo lo que vemos actualmente en el mundo, tiene como base el miedo. El miedo al cambio, el miedo al progreso, el miedo a ser tu mismo, miedo a amar. El miedo a revelar tu ser en frente de este mundo”…

Helen Flix [España]: “tengo un diploma de… Tengo un título de… Y el tener es lo que nos separa, directamente, de nuestra identidad, es lo que nos vuelve a llevar a miedo. Tengo que aparentar que soy”…

Un profesora en reunión de profesores: ” lo que piden los chicos es que haya un cambio en la educación, un crecimiento. Me parece, que si somos capaces de revertir, estas posturas nuestras diarias, entonces los chicos nos van a tomar más enserio. Yo creo que esto es una oportunidad, que se nos da en la palma de la mano. Si no la podemos ver, tal vez sea porque los estamos subestimando un poco”…

Pablo Lipnisky [Colombia]: “respeten a los niños, denle la oportunidad que se desarrollen, como ellos se desarrollan. No como nosotros los adultos queremos o pensamos que va a ser. Sino como ellos pueden hacerlo”…

Voz en off: “los ideales y objetivos que tenemos sobre los niños, no nos permiten ver quienes realmente son. Y que es lo que necesitan, no mañana, ni dentro de varios años, sino hoy”…

Pablo Lipnizky [Colombia]: “hay una sola cosa, que realmente es importante, es el amor que nosotros le podamos dar a los niños. Si queremos un sociedad diferente, lo único que realmente tenemos que hacer, es amar a los niños, para que ellos aprendan a amar a otros”…

La hermosa verdad.

El trabajo escolar de un chico de 15 años, nos pone frente a verdades tan maravillosas como dramáticas, relacionadas con la alimentación, la salud y el cáncer, explicando cosas que en los mejores casos ni tan solo los médicos conocen o tal vez no quieren conocer. Si existe una cura para el cáncer, ¿Por qué no pueden las personas enfermas disponer de ello? ¿por qué los médicos siguen cerrando los ojos ante tales evidencias? Al difundir esta información, podemos hacer entre todos, lo que el mundo de la medicina no se atreve a hacer y siguen vendiéndonos unas curas que nunca han sido viables si lo que se quiere es vivir, una película que no puedes dejar de ver, te atrapará desde el principio.

La muerte de la conversación.

¡Por fin alguien lo hizo! Acabo de leer en internet que a la entrada de algunos restaurantes europeos les decomisan a los clientes sus teléfonos celulares.

Según la nota, se trata de una corriente de personas que busca recobrar el placer de comer, beber y conversar sin que los RiIIIIINGS interrumpan, ni los comensales den vueltas como gatos entre las mesas mientras hablan a gritos.

La noticia me produjo envidia de la buena.
Personalmente, ya no recuerdo lo que es sostener una conversación de corrido, larga y profunda, bebiendo café o una cerveza, sin que mi interlocutor me deje con la palabra en la boca, porque suena su celular.

En ocasiones es peor…
Hace poco estaba en una reunión de trabajo que simplemente se disolvió porque tres de las cinco personas que estábamos en la mesa empezaron a atender sus llamadas urgentes por celular.

Era un caos indescriptible de conversaciones al mismo tiempo.Yo me salì.

Gracias al celular, la conversación se está convirtiendo en un esbozo telegráfico que no llega a ningún lado.
El teléfono se ha convertido en un verdadero intruso. Cada vez es peor. Antes, la gente solía buscar un rincón para hablar.

Ahora se ha perdido el pudor. Todo el mundo grita por su móvil desde el lugar mismo en que se encuentra.

La batalla, por ejemplo, contra los conductores que manejan con una mano, mientras la otra, además de sus ojos y su cerebro se concentran en contestar el celular, parece perdida. y hay peores, en una mano el Cel. y en la otra el cigarro. Aunque la gente piensa que puede hablar o escribir o fumar al tiempo que se conduce, es un riesgo de estar en un accidente causado por un adicto al teléfono . No niego las virtudes de la comunicación por celular. La velocidad, el don de la ubicuidad que produce y por supuesto, la integración que ha propiciado para muchos sectores antes al margen de la telefonía. Pero me preocupa que mientras más nos comunicamos en la distancia, menos nos hablamos cuando estamos cerca. Me impresiona la dependencia que tenemos del teléfono. Preferimos perder la cédula profesional que el móvil, pues con frecuencia, la tarjeta SIM funciona más que nuestra propia memoria.

El celular más que un instrumento, parece una extensión del cuerpo, y casi nadie puede resistir la sensación de abandono y soledad cuando pasan las horas y èste no suena.

Por eso quizá algunos nunca lo apagan. ¡Ni en el cine! He visto a más de uno contestar en voz baja para decir: “Estoy en cine, ahora te llamo”.

Es algo que por más que intento, no puedo entender. También puedo percibir la sensación de desamparo que se produce en muchas personas cuando las azafatas dicen en el avión que está a punto de despegar que es hora de apagar los celulares. También he sido testigo de la inquietud que se desata cuando suena uno de los timbres más populares y todos en acto reflejo nos llevamos la mano al bolsillo o la cartera, buscando el propio aparato.

Pero de todos, los Blackberry merecen capítulo aparte. Enajenados y autistas. Así he visto a muchos de mis amigos y familia, absortos en el chat de este nuevo invento. La escena suele repetirse.

El Blackberry en el escritorio. Un pitido que anuncia la llegada de un mensaje, y el personaje que tengo en frente se lanza sobre el teléfono.

Casi nunca pueden abstenerse de contestar de inmediato. Lo veo teclear un rato, masajear la bolita, y sonreír; luego mirarme y decir: “¿En qué íbamos?”. Pero ya la conversación se ha ido al traste. No conozco a nadie que tenga Blackberry y no sea adicto a éste.

Alguien me decía que antes, en las mañana un nuevo evento para mañanas al levantarse, su primer instinto era tomarse un buen café. Ahora su primer acto cotidiano es tomar su aparato y responder al instante todos sus mensajes. Es la tiranía de lo instantáneo, de lo simultáneo, de lo disperso, de la sobredosis de información y de la conexión con un mundo virtual que terminará acabando con el otrora delicioso placer de conversar con el otro, frente a frente. Ver su cara, su expresiòn, su emociòn y y agradable compañìa.

ACABEMOS CON EL USO DE CELULARES CUANDO NOS REUNIMOS, NADA ES MÀS URGENTE NI MÀS AGRADABLE QUE UNA BUEN TAZA DE CAFÈ CON LOS AMIGOS.

Adicción a las personas.

A veces “amar” demasiado se convierte en una enfermedad…

Una relación es adictiva cuando nos produce daño, perjudica nuestra salud física y emocional y, sin embargo, no podemos liberarnos de ella.

Así como el adicto a una sustancia, necesita y tolera cada vez más cantidad de sustancia tóxica para poder funcionar, las personas “adictas al amor” soportan increíbles cantidades de sufrimiento en las relaciones que establecen.

Comienza a confundirse al amor con algo que podría categorizarse como “obsesión”. Puede estar dirigida a alguien en particular, a una serie de hombres o mujeres, o a la búsqueda de una pareja (en caso de estar fuera de una relación).

Estas personas se sienten atraídas hacia individuos inadecuados para formar una pareja “sana”; por ejemplo elegirán (porque se trata de una elección) a seres incapaces de comprometerse afectivamente. Es decir, sujetos que por un motivo u otro son emocionalmente inaccesibles. Estas personas interpretarán todos estos rasgos como señales de que ese sujeto está necesitado e intentará ayudarlo, salvarlo, curarlo o cambiarlo con el poder de su amor.

En esto radica el punto de partida y la posterior dinámica insana de la relación. Dinámica que se caracteriza por la dependencia mutua (adicción).

Hay en estas relaciones dramatismo, caos, excitación, sufrimiento, algunas veces un alto voltaje de erotismo y sexualidad.

Las peculiaridades de las personas co-dependientes son:

* Realizan todo tipo de sacrificios personales, postergándose a sí mismos y a sus propios intereses vitales con tal de “ayudar” al individuo del cual depende.

* Cuanto más problemática, difícil e imposible sea el lazo con una persona, mayor es la atracción que sienten hacia ella.

* Destacan lo bueno y ocultan lo malo de la relación, frente a sí mismos y frente al mundo.

* Si el vínculo no funciona se echan la culpa a sí mismos por el fracaso; piensan que son ellos lo que fallan y que tienen que esforzarse más.

* Tienen pánico al abandono y por ese motivo están dispuestos a hacer cualquier cosa para evitar que la relación se disuelva.

En muchísimos casos la seducción y la sexualidad son los factores puestos en juego en la dinámica de la relación.

Hay en los encuentros sexuales (sobre todo al comienzo) mucha “magia”, romanticismo, erotismo y sensualidad. El esfuerzo por complacer se centra fundamentalmente en el área sexual.

Aquí la persona supone que mediante la sexualidad salvará, curará o cambiará al individuo con el que ha establecido una relación adictiva.

Vale decir que puede haber “buena” sexualidad en malas relaciones.

En realidad, todos estos intentos por retener y/o cambiar al otro se vinculan con el manejo y el control. Por este motivo, la respuesta que suelen obtener de ellos es el desprecio, el mal trato, la depresión o un mayor alejamiento emocional (seguir juntos pero distantes).

Lo cual lleva a estas personas a reforzar sus intentos dando más “amor”: aumenta la concentración en la conducta del partenaire, dependen cada además de él en lo afectivo. Van abandonando sus intereses personales, sienten furia e impotencia inexplicables hacia ellos; pueden aparecer síntomas físicos y psíquicos relacionados con el stress.

Observemos cómo se refuerza el círculo adictivo.
Por otra parte, llegando a un punto avanzado de la adicción, si una de las personas de la pareja trata de distanciarse, o de interrumpir la relación, se produce el “síndrome de abstinencia” (igual que a cualquier adicto a quien se le suspende el uso de una droga) un estado físico y mental del profundo dolor; sensación de vacío, insomnio, llanto, angustia, autorreproches, miedo, etc.

La raíz de esta obsesión no es el amor sino el miedo. Miedo a estar solo, al abandono, a no ser digno, a ser ignorado.

En todo este proceso se da un deterioro del autoestima, la dependencia es cada vez mayor y más perjudicial.

¿Cuáles son las raíces del problema?

Existen tantas respuestas posibles como personas adictas. Ahora bien, según estadísticas e investigaciones realizadas las personas adictas al amor pertenecen a familias disfuncionales. Familias que no satisfacen sus necesidades afectivas básicas. Es decir, familias donde hay muchos secretos, roles rígidos, no hay libertad para expresar deseos o sentimientos, entre otros rasgos.

Las personas adictas han aprendido desde su infancia, a negar sus propios sentimientos: a “lucir” bien aunque estén sufriendo, a “ayudar” a otros aunque estén vacías y carenciadas, a “seducir” aunque por dentro estén llenas de miedo (algunas personas son sumamente exitosas en su vida profesional y sin embargo son adictas emocionalmente) .

Es importante comprender que lo descrito con anterioridad es una enfermedad progresiva y que responde bien cuando se la trata con un profesional adecuado.

El trabajo legítimo radica en uno mismo. No necesariamente deberán separarse de su pareja, pero necesitan redirigir las energías hacia su recuperación.

La recuperación no será de inmediato, es un proceso que se va conquistando día a día. Existen distintas alternativas de tratamiento: terapia individual, terapia de pareja, o terapia de grupo.